Bajo un sol abrazador, y por tan sólo 5 reales brasileños al día (1,5 dólares), Rafael Ferreira da Silva de 12 años dormía dentro de una cabaña en la selva. Comía lo que le daban – sobre todo arroz y frijoles – y bebía la misma agua que tomaban los toros y otros animales.

Durante cinco largos años tuvo que trabajar en una finca en Jauru, en la provincia de Mato Grosso en Brasil, para ayudar a pagar las deudas de su padre. Cuando quiso marcharse, le dijeron que tenía que seguir trabajando porque todavía estaba endeudado.

Cuando era niño, le gustaba mucho ir a la escuela, usaba todo su dinero para comprar útiles escolares: lápices, borradores y cuadernos. Una vez agotados, tuvo que abandonar la escuela, pero todos los días soñaba con regresar.

“Vivíamos de manera muy sencilla. Mi papá se separó de mi mamá, y yo me quedé con él. Me envió a trabajar porque era necesario. Las personas en esclavitud están en una situación muy frágil y, por lo tanto, obligadas a trabajar, trabajar, trabajar”, explicó Rafael.

Fue rescatado cuando tenía 17 años durante una acción realizada por el Ministerio de Trabajo de Brasil.

Libertad

Después de ser liberado, Rafael recibió orientación psicosocial y siguió diversos cursos en el marco del Proyecto Acción Integrada instaurado en 2009 por el Ministerio Público del Ministerio de Trabajo de Brasil (MPT/MT), la Oficina Regional de Trabajo y Empleo (SRTE-MT) y la Universidad Federal de Mato Grosso (UFMT), con el apoyo técnico e institucional de la OIT.

El proyecto ofrece educación y formación profesional a las personas que se encuentran particularmente expuestas al riesgo de trabajar en condiciones similares a la esclavitud, o que han sido liberadas.

“El proyecto es fruto de los esfuerzos conjuntos de diversas instituciones comprometidas con la lucha contra el trabajo forzoso, con el objetivo de ofrecer salidas de emergencia, en particular en lo que refiere a la prevención y asistencia a las víctimas”, explicó Thiago Gurjão, fiscal del MPT.

Nuevas oportunidades

Al completar la formación, Rafael trabajó en un supermercado, en una granja y en un matadero. A los 24 años, es un agente inmobiliario y estudiante universitario.

“Estudio ingeniería civil, y financio mis estudios. Ahora soy yo quien decide mi destino”, dijo Rafael.
“Si Brasil invirtiera en educación, los niños no serían víctimas de la esclavitud y los adultos tendrían buenas oportunidades de empleo, serían tratados con más respeto y dignidad, en lugar de terminar trabajando en condiciones degradantes”, agregó.

Al menos 700 personas se han beneficiado del proyecto desde que fue creado. Ha sido replicado en otros tres Estados del país: Bahia, Rio de Janeiro y Ceara.

La colaboración entre las instituciones y las empresas socias tiene como finalidad construir “un puente entre las personas que buscan un trabajo decente y las empresas que desean ofrecerle esa oportunidad”, señaló Thiago Gurjão.

Según Antonio Carlos Mello, coordinador del proyecto de las Naciones Unidas, “la historia de Rafael muestra cómo el Proyecto Acción Integrada, además de ofrecer oportunidades de formación, da a sus beneficiarios la oportunidad de volver a soñar, planificar el futuro y superar las difíciles circunstancias en las cuales crecieron”.

Mato-Grosso

Este artículo se basa en una historia de Keka Werneck y Marcio Camilo (Forest Comunicação)